El Tabanco San Pablo

Jesús nos sirve una copita de olorosoHace 70 años el tío Manuel abrió las puertas de lo que hoy conocemos en Jerez como el Tabanco San Pablo, en la calle del mismo nombre, y en el corazón del barrio de San Miguel. Uno de los lugares que, a pesar de los modernismos y los futurismos más insospechados, sigue teniendo la vigencia de antaño, el calor y la sensibilidad típicas de una época antigua en la que en Jerez se entendía de vinos como en ningún sitio del mundo.

Hoy es Jesús Muñoz el que lleva con delicadeza las riendas del Tabanco, ese lugar donde se reúnen jóvenes y mayores, sin importarles edades ni condiciones, en la estrechez de la callejuela, o bien en el interior del tabanco, cuando el viento fresco se cuela por la calle San Pablo como un niño que alborota.

Del Tabanco San Pablo puedo decir que me enseñó a degustar el buen vino, en especial el Pedro Ximenez, ese tesoro de la uva que se paladea y se mastica, o el oloroso, ese secreto que jamás había probado, y que en las botas del Tabanco, se convirtió en auténtica gloria bendita y un descubrimiento para mí que ya hubiesen querido otros que sólo avistaron por primera vez las Américas.

Las buenas tapas también acompañan el buen vino, eso no debe faltar nunca. La tortillita del mediodía, o los montaditos de queso, o de palometa al roquefort, envueltos en el ambiente tradicional de los vetustos barriles de vino que dan ese soberano calor de los años a la estancia.

Es uno de los grandes privilegios que tiene una ciudad como Jerez. Saber degustar del encanto que tienen los rincones más añejos, llegar hasta el mostrador de Jesús y embelesarse con la sombra del vino que empieza a trepar el olfato. Allí las historias tienen la verdadera medida de lo inexplicable. El vino y el buen ambiente son el secreto de que todo nos parezca como una estampa de principios del siglo XX.

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