Viajar a Altea y quedarse solo en su casco antiguo es casi un pecado viajero. En un radio de menos de una hora en coche tienes pueblos con encanto, calas secretas, valles de viñedos y montañas míticas que convierten cualquier escapada en una ruta inolvidable por la Costa Blanca.
En pocos kilómetros pasas de un casco medieval colgado sobre un embalse turquesa a un pueblo vinícola que huele a moscatel, una villa marinera de casas de colores o una cala escondida entre acantilados. Si te apetece exprimir la zona, aquí tienes una guía muy completa para descubrir mucho más que solo tres pueblos con encanto cerca de Altea.
El universo de pueblos alrededor de Altea
La verdadera gracia de alojarse en Altea es que, en menos de media hora, puedes plantarte en pueblos moriscos de callejones enrevesados, fortalezas medievales o valles agrícolas cubiertos de almendros. La Costa Blanca es un mapa de micro-mundos, cada uno con su personalidad propia y su manera de entender la vida.
En esta zona de la Marina Baja y la Marina Alta se entremezclan la herencia musulmana, los castillos de frontera cristiana, los antiguos puertos pesqueros y las huertas escalonadas que llevan siglos alimentando a la comarca. Aquí no se trata solo de ir de pueblo en pueblo, sino de encadenar experiencias: un rastro de antigüedades, una cata de vino, una subida a un castillo, un baño en una cala.
Mientras conduces de un sitio a otro, verás cómo el paisaje cambia a toda velocidad: en un momento el Mediterráneo se abre a un lado de la carretera y, al siguiente, estás rodeado de montañas imponentes como el Puig Campana o la Sierra de Aitana, valles de nísperos, pinares y bancales de piedra seca.
En ese ese espectacular camino vas a encontrar grandes clásicos como Guadalest, Calpe o Benissa hasta pueblos menos evidentes como Tárbena, Sella o Orxeta, pasando por villas marineras míticas como Villajoyosa o destinos más urbanos como Benidorm, La Nucía o Alfaz del Pi. Reseñemos solo algunos de los mejores destinos:
Guadalest: castillo colgado y embalse esmeralda
Guadalest es ese pueblo que, cuando lo ves por primera vez, piensas que alguien se ha pasado con el Photoshop. Su casco antiguo se encarama sobre una roca y para entrar hay que atravesar un túnel excavado en la montaña que funciona casi como una puerta al pasado. No es raro que esté considerado uno de los pueblos más bonitos de España.
Desde lo alto del castillo de San José se domina todo el valle, con sus bosques de pinos, huertos de nísperos y un embalse de color verde intenso que rompe el paisaje. Es de esos miradores en los que el silencio, el viento y las vistas se quedan grabados para siempre.
El pueblo, pequeño pero muy cuidado, está lleno de casas encaladas, balcones floridos y museos peculiares que van desde miniaturas imposibles hasta colecciones curiosas. Entre una tienda artesanal y otra, vas descubriendo rincones y miradores en cada esquina.

La visita se completa con el famoso campanario blanco levantado sobre una peña aparte del castillo, una imagen icónica que parece desafiar la gravedad y se ha convertido en la postal clásica de Guadalest. Cada ángulo del pueblo invita a sacar la cámara.
Consejo práctico: madruga y llega en las primeras horas del día. Pasear casi en soledad por las murallas y ver cómo la luz va encendiendo el valle es un lujo que compensa con creces el despertar temprano.
Jalón (Xaló): viñedos, almendros y vida de pueblo

Si lo tuyo son los planes tranquilos y la gastronomía, Jalón te va a encantar. En pleno Vall de Pop, el aire tiene un aroma característico a uva moscatel, bodegas familiares y campos de almendros. No es un pueblo de castillos, sino de conversación pausada y vida agrícola auténtica.
El corazón del pueblo es su plaza y la iglesia de cúpula azul, pero el momento grande llega los sábados, cuando se monta el famoso rastro de antigüedades y objetos vintage. Mesas repletas de muebles viejos, libros, discos, curiosidades y, entre puesto y puesto, miel, embutidos y dulces caseros.
Además del rastro, Jalón es territorio de bodegas. En las cooperativas y en proyectos más pequeños puedes probar mistelas, vinos dulces y secos, y escuchar cómo los productores cuentan la historia de la uva moscatel y de las familias que llevan generaciones cultivándola.

En febrero, el valle se transforma en un mar blanco y rosa con la floración de los almendros. Es uno de esos espectáculos naturales que no necesitan filtros ni aditivos: simplemente caminar entre los caminos rurales se convierte en un paseo de postal.
Truco de viajero: no te quedes solo con las grandes bodegas; entra en ultramarinos de toda la vida y pregunta. Muchas veces terminas en una cata improvisada de vino casero o probando embutidos artesanos que no aparecen en ninguna guía.
Benissa: elegancia medieval y calas salvajes

Benissa es un pueblo de dos almas: por un lado, un casco histórico medieval impecablemente conservado, lleno de casas señoriales; por otro, una franja de costa con algunas de las calas más bonitas de la Marina Alta.
Pasear por el centro histórico es como abrir un libro de historia. Te cruzas con escudos nobiliarios en las fachadas, rejas de forja, patios interiores y edificios como la Lonja de Contratación o el Convento de los Padres Franciscanos. Todo ello dominado por la Iglesia de la Puríssima Xiqueta, conocida como la “Catedral de la Marina” por sus proporciones.
A nivel más terrenal, los sábados el pueblo cobra vida con el mercado semanal, donde se mezclan vecinos comprando frutas y verduras de la huerta, quesos, aceitunas y productos de proximidad. Es una buena ocasión para tomarle el pulso al día a día local.

En la costa, la llamada Senda de las Calas (o Paseo Ecológico) une pequeñas playas y calas como La Fustera, Advocat o Pinets a través de senderos junto a acantilados, pinares y miradores sobre un mar de color turquesa. Es un plan perfecto para combinar caminata suave y chapuzón.
Plan redondo: dedica la mañana al casco antiguo y su patrimonio, y baja después a la costa para comer pescado fresco frente al mar en zonas como la cala Baladrar o el entorno de La Fustera. En un solo día entiendes la esencia “mar y montaña” de la Costa Blanca.
Más pueblos con encanto cerca de Altea

Si dispones de varios días, el entorno de Altea permite seguir explorando sin repetir escenario. Hacia el norte, localidades como Moraira, Benitachell o Teulada ofrecen calas de agua transparente, acantilados espectaculares y un ambiente más exclusivo y relajado.
Moraira destaca por su pequeño castillo junto al mar, su puerto deportivo, sus calas como El Portet o L’Ampolla y una oferta gastronómica de nivel. Es uno de esos sitios en los que apetece detenerse a comer bien y pasar la tarde a ritmo lento.
Benitachell, por su parte, se ha hecho famoso gracias a la Cala del Moraig y la Cova dels Arcs, donde el contraste entre el turquesa intenso del agua, las cuevas y las paredes de roca vertical crea paisajes difíciles de olvidar. Es un paraíso para quien disfruta del snorkel o el senderismo costero.
Hacia el interior, Jijona (Xixona) ofrece otra cara distinta: la de la cuna del turrón, con fábricas tradicionales, museos y degustaciones, además de un casco urbano de casas de colores, subidas y bajadas constantes y restos de castillo árabe.
Y si te apetece algo muy auténtico, Tárbena, con su herencia mallorquina, o Sella, rodeado de montañas y muy apreciado por senderistas y escaladores, añaden a la ruta un punto de ruralidad y naturaleza pura que equilibra muy bien las visitas costeras.
Explorar los pueblos con encanto cerca de Altea es encadenar pequeños grandes momentos: un café frente a una fuente centenaria en Polop, una copa de mistela en Jalón, la silueta del Peñón de Ifach recortada al atardecer en Calpe, las casas de colores en Villajoyosa, el silencio de las murallas de Guadalest o una cena en una cala de Benissa con el sonido del mar de fondo.
Con tanta variedad en tan pocos kilómetros, esta zona de la Costa Blanca se convierte en un terreno de juego perfecto para quienes disfrutan perdiéndose por caminos secundarios, descubriendo pueblos sin prisas y saboreando cada parada como si fuera única.


