Vietnam es un país donde la vida diaria gira en torno a costumbres ancestrales, festivales coloridos y un profundo respeto por la familia. Viajar en solitario allí no es solo cambiar de paisaje: es entrar en una forma distinta de entender el tiempo, la comunidad y la relación con los antepasados.
Al hablar de 3 tradiciones de Vietnam se suele pensar en el Año Nuevo Lunar, el culto a los ancestros y las bodas tradicionales, pero lo cierto es que ese es solo el principio. A su alrededor se teje todo un universo de fiestas, normas de cortesía, rituales de nacimiento y muerte, gastronomía simbólica y leyendas que explican el origen del pueblo vietnamita y de sus paisajes más emblemáticos.
El Tết: Año Nuevo Lunar vietnamita

El Tết, o Año Nuevo Lunar, es la celebración más importante de todo el calendario vietnamita. Se celebra entre enero y febrero, según el calendario lunar, y marca el final del año viejo y el inicio del nuevo, con una carga enorme de simbolismo familiar y espiritual.
Durante estos días, las familias se reúnen en la casa familiar para honrar a los antepasados, limpiar la mala suerte acumulada y atraer prosperidad. El hogar se barre a fondo, se decoran las entradas y se preparan ofrendas en el altar doméstico, porque se considera que los parientes fallecidos regresan a festejar con sus descendientes.
Uno de los símbolos imprescindibles del Tết es el banh chung, un pastel cuadrado de arroz glutinoso, relleno normalmente de cerdo y judía mungo, envuelto en hojas verdes y cocido durante horas. Según la leyenda, este pastel representa la tierra y fue el plato humilde pero cargado de sentido que permitió a un príncipe ser elegido sucesor del rey Hung.

En el norte del país se adornan las casas con ramas de melocotonero en flor (hoa dao), mientras que en el sur se prefieren las flores amarillas de albaricoquero (hoa mai). Estas flores marcan visualmente la llegada del año nuevo y se asocian a la buena fortuna, la alegría y la renovación.
Durante el Tết también se intercambian sobres rojos con dinero (li xi) entre familiares, sobre todo de mayores a niños, como deseo de suerte y éxito. Las calles se llenan de fuegos artificiales, música, mercadillos especiales y un ambiente muy familiar: muchos vietnamitas que viven lejos vuelven al pueblo natal para pasar esos días con los suyos.
Festival del Medio Otoño (Tết Trung Thu)
El Festival del Medio Otoño, conocido como Tết Trung Thu, se celebra la noche de luna llena del mes lunar octavo, y está muy ligado a la infancia, la familia y la gratitud por la cosecha. Originalmente era una fiesta agrícola para dar gracias por el fin de la recolección del arroz y hoy se vive sobre todo como el gran festival de los niños.
En estas fechas se comen los famosos pasteles de luna, dulces redondos rellenos de pasta de judía, yema de huevo salado o semillas variadas. No son simples dulces: se regalan a familiares y amigos como muestra de aprecio, y su forma circular simboliza la plenitud, la unidad y la reunión.

Por la noche, las ciudades y pueblos se llenan de desfiles infantiles con farolillos de colores. Los pequeños pasean por las calles con linternas en forma de estrella, peces, conejos o personajes tradicionales, mientras se organizan actuaciones de títeres acuáticos, música popular y danzas del león y del dragón.
El sentido profundo de la festividad es reforzar el vínculo entre padres e hijos en un contexto de abundancia tras la cosecha. En muchos hogares se preparan bandejas de frutas y dulces especiales para ofrecer a los niños, a los ancestros y a la luna, que se contempla como símbolo de plenitud y armonía.
El culto a los ancestros: el alma de la cultura vietnamita

Si hay una práctica que atraviesa todas las capas de la sociedad vietnamita es el culto a los antepasados. Está tan integrado en la vida diaria que, más que una religión, funciona como un marco mental que ordena las relaciones familiares, la moral y hasta las decisiones importantes.
Casi todas las casas, oficinas y pequeños comercios disponen de un altar dedicado a los ancestros, situado en el lugar más respetado del espacio. Sobre él se colocan fotos o tablillas con los nombres de los difuntos, varillas de incienso, flores, frutas, licor, dulces y, en ocasiones, réplicas de papel de objetos modernos como billetes, casas, motos o coches.
La lógica es sencilla: se cree que las almas de los familiares fallecidos siguen acompañando a la familia durante dos o tres generaciones, protegiéndola y aconsejándola desde otro plano. A cambio, los vivos tienen la obligación moral de cuidarlos con ofrendas, respeto y memoria, para que no se sientan olvidados.
En los días de luna nueva y luna llena, en fechas de festivales o cuando se inicia un proyecto importante (mudanza, inauguración de un negocio, nacimiento de un hijo), se encienden varillas de incienso y se “habla” con los antepasados, pidiéndoles respaldo y buena fortuna. También se les consulta en decisiones delicadas, reforzando así la idea de continuidad entre generaciones.

En los últimos días del año lunar tiene lugar el llamado cung tien thuong, un ritual para invitar a los antepasados a “volver a casa” y celebrar el Tết con la familia. Antes, los parientes visitan y limpian las tumbas, las decoran con flores y ofrendas, igual que limpian y adornan la casa familiar para recibir el nuevo año.
Los objetos de papel que se queman en la calle —billetes falsos, casas, ropa, móviles de cartón— representan regalos simbólicos enviados al otro mundo. Al arder, su “espíritu” viaja al más allá para que los ancestros puedan utilizarlos. De ahí las pequeñas hogueras que se ven por barrios y pueblos en determinadas fechas.
Este sistema de creencias impulsa tres ideas clave: la vida de cada persona es solo una parte de una cadena muy larga de generaciones; el pasado y el presente pueden convivir; y el comportamiento actual influye directamente en la suerte de hijos y nietos. De ahí que la buena conducta no sea solo un tema individual, sino una responsabilidad hacia quienes vendrán.
Otras grandes festividades religiosas y cívicas

Además del Tết y el Medio Otoño, el calendario vietnamita está lleno de festivales religiosos y fiestas nacionales que expresan la mezcla de budismo, taoísmo, confucionismo y creencias populares.
El festival de Thanh Minh, a menudo llamado “Día de los Muertos”, es la segunda celebración en importancia tras el Año Nuevo. Las familias acuden a las tumbas de sus parientes, las limpian con esmero, renuevan las ofrendas y realizan oraciones, reforzando así el vínculo entre vivos y muertos.
El Vu Lan o Trung Nguyen, conocido también como festival de los fantasmas hambrientos, se celebra el día 15 del séptimo mes lunar. Se cree que ese día las almas en pena pueden ser liberadas de sus sufrimientos, por lo que las familias acuden a los templos budistas con bandejas de comida, flores y fruta, y también dejan ofrendas en patios y esquinas para aquellos espíritus sin descendencia que les honre.

El Vesak o día del nacimiento de Buda conmemora a la vez el nacimiento, la iluminación y la muerte de Buda. Se celebra en el cuarto mes lunar, con templos engalanados, rezos colectivos, charlas de monjes y el encendido de velas en flores de loto flotantes, que se sueltan en ríos y lagos con deseos de paz y sabiduría.
En el plano cívico, el Día de la Reunificación (30 de abril) recuerda la caída de Saigón en 1975 y el fin de la guerra. Las principales ciudades organizan desfiles, fuegos artificiales y actividades culturales, subrayando el orgullo nacional y el sacrificio colectivo que condujo a la reunificación del país.
Hospitalidad y forma de relacionarse

La hospitalidad es una de las señas de identidad del país: a los vietnamitas les encanta invitar a comer, compartir té y hacer sentir bienvenidos a los visitantes. Rechazar repetidamente una invitación puede considerarse descortés, así que conviene aceptar al menos en alguna ocasión.
Si se llevan regalos al hogar de una familia, es recomendable que sean productos difíciles de conseguir para ellos —algo típico del país de origen, por ejemplo— más que cosas baratas o muy comunes en el mercado local. Con los niños es mejor dar un pequeño detalle a cada uno, en lugar de entregar una bolsa de dulces para que se repartan.
Cuando se sirve té, es de buena educación aceptarlo y beber al menos un poco, aunque se tenga cierta desconfianza al agua local. El gesto importa más que la cantidad, y es una forma de mostrar respeto y gratitud por la acogida.
En las casas, la distribución de los asientos y el orden de servicio respetan siempre la jerarquía por edad y estatus. Los mayores se sientan en los lugares principales y suelen ser atendidos primero. Es habitual que el personal de servicio o algunos familiares se mantengan al margen o coman en otra zona cuando hay invitados, no como gesto de desprecio, sino para que las visitas se sientan más atendidas.

En las conversaciones, un estilo demasiado frontal —criticar abiertamente, subir el tono, mostrar enfado— puede interpretarse como pérdida total de autocontrol. La sociedad valora la autodisciplina, la paciencia y la capacidad de “guardar las formas”, incluso en situaciones de tensión. Por eso, muchas veces se evitará decir “no” de forma directa y se optará por rodeos o respuestas ambiguas.
Con todo este entramado de tradiciones, festivales, normas de cortesía, ritos familiares y diversidad étnica y religiosa, Vietnam muestra una cultura donde la familia, el respeto a los ancestros, la hospitalidad y la resiliencia se mantienen como hilos conductores, incluso en plena globalización y cambio tecnológico acelerado.
Acercarse a sus costumbres con curiosidad y respeto permite no solo viajar por un país fascinante, sino también comprender mejor cómo un pueblo ha sabido mantener viva su identidad a lo largo de siglos de guerras, ocupaciones y transformaciones.
