
Suiza es mucho más que postales de chocolate, relojes y estaciones de esquí famosas. Entre sus montañas vertiginosas se esconden valles silenciosos, lagos que parecen de otro planeta, pueblos suspendidos en el tiempo y ciudades que combinan historia, diseño y naturaleza de una forma casi insultantemente perfecta. Si te apetece ir un paso más allá de lo típico, este país es un auténtico parque de atracciones para viajeros curiosos.
A lo largo de las próximas líneas vas a recorrer algunos de los rincones más sorprendentes de Suiza: valles como Lauterbrunnen o Verzasca, lagos tan especiales como Oeschinensee, Blausee o Arnisee, pueblos de cuento como Wengen, Stein am Rhein o Arolla, castillos sobre el agua, trenes que se encaraman a glaciares y ciudades llenas de museos y vida cultural como Zúrich, Berna, Basilea, Ginebra o Lucerna. Además, verás cómo moverte en tren, barco y funicular aprovechando al máximo el Swiss Travel System.
Joyas alpinas poco conocidas: lagos y valles escondidos
En medio de los Alpes suizos se esconden algunos de los paisajes más increíbles de Europa, muchas veces pasados por alto por quienes se quedan solo en las grandes ciudades. Estos lagos y valles son ideales si buscas silencio, aire puro y caminatas fáciles entre montañas de película.
Oeschinensee: el lago turquesa encajado en un circo de montañas
Cerca del pueblo de Kandersteg, en el Oberland bernés, se esconde Oeschinensee, un lago de aguas azul turquesa que parece retocado con Photoshop. Está encajado bajo enormes paredes de roca y cumbres nevadas, lejos de las multitudes de lugares más famosos como el Lago Lemán.
Para llegar, se sube primero en teleférico desde Kandersteg y luego se camina unos 30 minutos por un sendero sencillo que va abriéndose paso entre pastos y bosque. Al llegar a la orilla, te esperan barcas de remo, rutas de senderismo para todos los niveles y praderas perfectas para montar un picnic. Es un plan redondo si te gusta la naturaleza en estado puro y sacar fotos que quitan el hipo.
Oeschinensee es perfecto para los que valoran paisajes “de catálogo” sin el ambiente masificado de otros lagos famosos. Sus aguas, que cambian de tonalidad con la luz del día, se reflejan en los picos circundantes creando un escenario casi irreal. Si te apetece algo más exclusivo, muchos viajeros combinan la visita con un traslado privado con chófer, lo que hace que el trayecto por carretera sea tan disfrutable como el propio destino.
Blausee: el pequeño lago azul de cuento de hadas
Blausee, literalmente “lago azul”, es otro de esos rincones que parecen sacados de una leyenda. Es un lago alpino muy pequeño, de apenas 0,64 hectáreas, rodeado por un denso bosque que lo hace aún más mágico. Sus aguas cristalinas, de un azul intenso gracias a los manantiales subterráneos, permiten ver con claridad el fondo y los troncos sumergidos.
El área de Blausee está muy bien preparada para pasar el día: senderos cómodos, zonas de picnic, áreas de barbacoa y espacios para sentarse a la sombra. En los días soleados, el lugar invita a extender una manta, sacar el bocadillo y simplemente disfrutar del silencio del bosque. Además, el lago está rodeado de leyendas sobre su origen, lo que le añade ese toque de misterio que tanto engancha.
Desde Kandersteg se llega en apenas 10 minutos en coche, y muchos viajeros lo combinan con rutas por el Oberland bernés o incluso con traslados desde Zermatt, ya que la carretera es muy panorámica. Es también una escapada estupenda para parejas que buscan un entorno romántico lejos del ruido.
Valle de Verzasca: piscinas de esmeralda en el Ticino italiano
En la Suiza de habla italiana, el Valle de Verzasca se ha ganado a pulso el sobrenombre de “valle esmeralda”. El río Verzasca discurre entre rocas pulidas formando pozas de un verde intenso donde el agua es tan clara que parece irreal. Bajo el famoso puente romano Ponte dei Salti, las piscinas naturales invitan a darse un chapuzón (para valientes, porque el agua está fresca).
El valle está rodeado de bosque, pequeños pueblos de piedra y cascadas que rompen el silencio. Es perfecto para quienes disfrutan del senderismo ligero, la fotografía de paisajes y, por qué no, el salto desde rocas a las pozas más profundas. Además, que esté algo retirado de las rutas más clásicas hace que siga siendo relativamente tranquilo.
Se accede fácilmente en coche o autobús desde Locarno, siguiendo una carretera panorámica muy entretenida. Muchos viajeros que están en Zúrich optan por contratar un servicio de limusina o chófer privado y enlazar así varios valles del Ticino en un mismo día, aprovechando la comodidad de no tener que conducir.
Creux du Van: el “Gran Cañón” de la Suiza francófona
En las montañas del Jura se levanta el Creux du Van, una impresionante muralla rocosa semicircular que muchos conocen como el “Gran Cañón de Suiza”. Se trata de un circo natural con acantilados de hasta 160 metros de altura, que ofrece vistas de vértigo sobre un paisaje salvaje y casi deshabitado.
Desde Neuchâtel o Lausana se llega por carreteras panorámicas que ya de por sí merecen el viaje. Una caminata de dificultad moderada lleva hasta los miradores del borde del circo, desde donde se puede observar la fauna local: cabras montesas, marmotas, aves rapaces… No es raro ver águilas planeando sobre el vacío.
Lo mejor del Creux du Van es la sensación de aislamiento: apenas hay construcciones cercanas y la naturaleza manda. Ideal para quienes buscan desconectar, caminar en silencio y disfrutar de la inmensidad sin un ruido que no sea el del viento.
Arnisee: un embalse turquesa entre bosques y cumbres
El lago Arnisee es un pequeño embalse escondido en la montaña, accesible únicamente mediante telecabina desde Amsteg o Intschi. Una vez arriba, el paisaje cambia por completo: prados alpinos, bosques espesos y un espejo de agua turquesa con los Alpes como telón de fondo.
Desde las orillas del Arnisee parten varias rutas sencillas que lo rodean o suben a miradores cercanos. Es un lugar menos conocido que otros lagos suizos, lo que lo convierte en un refugio perfecto para quienes huyen de aglomeraciones. En verano, es un rincón fantástico para caminar con calma, tumbarse a leer o simplemente observar cómo cambian los reflejos del agua según avanza el día.
Castillos, acantilados y alojamientos con vistas de infarto
En la región de Appenzell, el Berggasthaus Aescher se ha hecho famoso por su ubicación sencillamente alucinante: una casa de montaña literalmente pegada a un paredón de roca, con vistas al valle y a los picos de Ebenalp.
Para llegar, se sube en teleférico hasta Ebenalp y se recorre un sendero corto y muy panorámico. Caminando entre praderas y acantilados se llega a esta posada histórica, donde se puede comer cocina suiza tradicional en uno de los entornos más fotogénicos del país. No es el típico sitio al que se llega por casualidad, pero precisamente ahí reside su encanto.
En la orilla del Lago Lemán, muy cerca de Montreux, se alza el Château de Chillon, un castillo medieval construido sobre una roca que se adentra en el agua. Es uno de los monumentos más emblemáticos de Suiza, con torres, salas amuebladas, mazmorras y pasadizos que parecen diseñados para un cuento.
Desde el castillo se disfrutan unas vistas magníficas hacia los Alpes y las aguas tranquilas del lago. La visita permite recorrer estancias perfectamente conservadas, pasear por la muralla y descubrir la historia de la fortaleza a través de sus exposiciones. Se puede llegar fácilmente en coche, bus o incluso en barco desde Montreux, lo que lo convierte en una excursión muy cómoda.
Tras recorrer valles escondidos, lagos turquesa, pueblos colgados en la montaña, castillos sobre el agua, ciudades repletas de cultura y trenes que se encaraman a glaciares, queda claro que Suiza es un país para saborear sin prisas, mezclando planes muy distintos en pocos días gracias a su red de transporte impecable.
Tanto si buscas aventuras alpinas como si lo tuyo es callejear entre edificios históricos, seguir la pista del buen chocolate o perderte en un spa con vistas, siempre habrá un rincón suizo esperándote, quizá a la vuelta de la próxima curva del tren.







