Viajar en tren para ir de vacaciones a un hotel barato

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Hace justo cuatro años estaba lejos, muy lejos de la España en la que me encuentro ahora. Concretamente, viajábamos en tren por la India, desde Agra hasta Goa, durante un trayecto de 31 horas cuyos recuerdos me han venido a la mente tras releer un cuaderno de viaje.\”Te sumerges en otro mundo” había escrito a duras penas, porque el propio traqueteo del tren no me permitía hacerlo con firmeza. Y en efecto, así era. . . y así es, otro mundo al que trataré de conduciros y, de paso, aconsejar a la hora de disponeros a viajar por la India en tren.

Un bazar cabe en un tren

A la hora de comprar un billete de tren en la India existen ocho modalidades (desde la 1AC, con aire acondicionado, hasta Segunda Clase), de las cuales nosotros escogimos el billete de Sleeper Class: barato (30 euros), sin aire acondicionado y compartimentos para 6 personas. Es el billete más recomendable, no sólo por precio, sino por la experiencia que supone viajar en clase “durmiente” conviviendo con unos pasajeros que, en su gran mayoría, son indios.
Compramos los tickets en una agencia local, aunque también pueden conseguirse directamente por Internet en la web de IRCTC (la Renfe de la India) o Cleartrip. En la propia estación también se pueden comprar, aunque en una agencia te asesorarán mejor, especialmente si se trata de tu primer viaje. y no quieres hacer largas colas en las bulliciosas estaciones de tren indias.
Partimos de la estación de tren de Agra y nos instalamos en nuestro asiento, entre dos jóvenes locales que “cortejaban” a mi amiga y un padre junto a un hijo con problemas cuya tierna relación guardo como el recuerdo más especial de aquel viaje.
En cuando el tren arranca sientes que, de repente, entras en dos mundos muy diferentes: el que queda al otro lado de los barrotes, tan fugaz, colorido y orgánico, y el del tren, cuyos pasillos se convierten en una especie de mercadillo  pasado por un filtro exótico: mujeres con canastos de fruta, otras que incluso te leerán la mano y hombres que venden samosas (esos triángulos de verduras típicos), peluches y hasta pasta de dientes. De hecho, se dice que muchos pagan un billete de tren de un lado a otro a fin de rentabilizar su viaje. Algunos, directamente, se cuelan dentro.
En las paradas, algunos comerciantes entran y otros se apean, ofreciéndote incluso sus productos a través de la ventana, especialmente un chai tea que nunca falta y que se convierte en una especie de droga, quizás porque cada diez minutos escuchas el típico Chai! Chai! recorriendo los pasillos y sólo cuesta 5 rupias. Un gusto para los sentidos que disfrutas cómodamente desde tu asiento mientras regalas momentos para contemplar mejor los paisajes entre los vagones o ir al baño, una estancia en la que antes de llegar al “agujero” debes sortear charcos de agua de color cuestionable, convirtiéndose en una especie de aventura en sí misma.

A la hora de dormir en un tren de la India, si te toca la litera más alta estarás de suerte, y si te tomas medio Valium (dormir en cualquier medio de transporte nunca fue lo mío), mucho mejor. Ya sabéis, con la mochila de almohada, que nunca se sabe. En ocasiones algo te despertará, e irás a asomarte por una de las entradas viendo los escenarios indios pasar ante ti, a toda vela, de forma mágica.

De hecho, en algún momento el tren se detuvo, no se por qué, y hubo un gran silencio en los pasillos. Me asomé por mi rincón secreto entre los vagones y me quedé allí, solo, escuchando los sonidos de la selva que abrazaba las vías del tren, mientras a los costados del tren un hombre cabizbajo recogía botellas de plástico y las metía en una bolsa de basura.

También he de decir que, a pesar del conglomerado de gente que albergan estos trenes, en su gran mayoría suelen ser seguros. Los indios puede que traten de pedirte dinero, soltarte halagos y venderte algo, pero en su mayoría son personas con buena conversación, que no dudarán en preguntarte o contestarte a alguna consulta o, por supuesto, hacerte ver que ellos también comprenden la cultura occidental al dedillo.
Y así, entre charla y charla, reflexiones, mujeres con saris que surcaban los campos y hombres que ven la vida pasar fuimos testigos del contraste de Uttar Pradesh, su clima más frío y los páramos salpicados de arrozales, hasta llegar al mar de palmeras que inunda Goa, ese paraíso hippie donde no faltan iglesias portuguesas y fiestas trance made in India a las que yo no me atreví a ir.
A los veinte minutos llegamos a Panaji, dejando atrás a ese padre que sonreía a su hijo todo el tiempo mientras nosotros nos despegamos de aquel tren en que hicimos un viaje que nunca volveríamos a repetir. Un mundo dentro de otro mundo donde nos esperaba un rickshaw dispuestos a llevarnos hasta la profundidad de la selva.
Si estás pensando en viajar a la India, cruzarla en tren es el primero de los mandamientos de ese decálogo ficticio de la India que debes tener presente.
Posiblemente, una de las mejores experiencias viajeras del mundo.

La Habana

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